No son horas. No son horas de levantarse para que una bruma fría y con pocos miramientos hacia tu persona entre por tu ventana en lugar de los dos rayos de sol matutino a los que estos malos sábados contaminados me estaban acostumbrando.
Quizás no serían tan grises con la motivación adecuada. Pero las piedras que llenan la mochila terminan de oscurecer lo que ya de por sí estaba claro que era un día para no comprar o devolver. Qué gran evolución sería la devolución de días. Los pruebas un par de horas por la mañana. Si ves que no te convencen, les pones de nuevo la etiqueta, lo metes en una bolsa de El Corte Anglosajón y si no queda satisfecho le devolvemos el dinero. Que tu día gris se lo compre otro con más ganas deque le jodan.
Ni siquiera la caja vacía de galletas chiquilín se apiadó de mí. Ante estos días grises que se oscurecen según avanzas (cada vez más deprisa por si al fondo ves una luz, hasta que desesperas. Porque desesperas. Esto no es una peli aigunatulifinamerica) solo queda encender el limpiaparabrisas, levantar la cabeza para no atropellar gilipollas sin causa, y atar un cordón de nylon a la pata de la cama. Por si a mitad del día decides cambiarlo por otro.
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